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La nena está en su cuarto, toda arrecha, con el perrito metiéndole esa verga bien rico. Está encima, moviendo ese culito como si no hubiera un mañana, mordiéndose los labios para no gritar. De repente, se escuchan pasos en el pasillo. «¡Shh, mi ‘ama!», susurra aterrada. Se queda quieta, con la verga todavía adentro, sin atreverse a respirar. Los pasos se detienen frente a su puerta. Por un segundo, el pánico se apodera de ella, imaginando a sus viejos entrando y encontrándola con la tanga en la rodilla y la panocha llena de leche. Cuando el ruido se aleja, sigue, pero con el corazón en un puño.














