6435 views
4 likes
La morrita jadea debajo de mí, sus manos empujando mi cadera con una fuerza débil pero desesperada. «Para, para», susurra con la voz rota. «Ya no la metas hasta el fondo, que me duele». Sus ojos están llenos de lágrimas de placer y dolor, una mezcla que me vuelve loco. La embestida anterior la ha partido en dos, y ahora su cuerpo tiembla, sobreexcitado y al límite. La miro y le sonrío, un trato silencioso en mi mirada. Reduzco el ritmo, moviéndome solo a mitad de profundidad, pero cada golpe es deliberado y potente, rozando justo el punto donde el dolor se convierte en placer, haciéndola gemir y rogarme por más sin que yo haya vuelto a clavarme hasta el fondo.














