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La morrita estaba toda ilusionada, creyendo que su primer día sería algo romántico. Pero cuando el tipo le metió esa verga tan gorda, se arrepintió a la mera hora. Se le pusieron los ojos lagrimosos y empezó a gemir, pero ya no era de placer, sino de dolor. «Sácalo, sácalo, me duele», lloriqueaba, pero el pendejo ya no le hizo caso y la siguió partiendo. La tenía agarrada de las piernas y la clavaba sin piedad, mientras ella solo se quedaba quieta, con la carita de que había cometido el peor error de su vida, sintiendo cómo le destrozaban el coño.














