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La morrita flaquita, con solo una camiseta puesta, se recuesta contra la encimera de la cocina, sus piernas envueltas alrededor de mi cintura. El frío del mármol en su espalda la hace gemir. La tengo levantada, hundiéndome en ella con fuerza mientras el olor a café de la mañana aún impregna el aire. De repente, oímos el sonido de una llave en la cerradura de la puerta principal. Nuestros cuerpos se congelan. La mirada de pánico en sus ojos me excita aún más. «¡Mamá!», grita una voz desde el salón. Sin tiempo para separarnos, la cubro con mi cuerpo, mordiéndole el cuello para silenciar su grito, mientras sigo moviéndome despacio, adentro, al borde de ser descubiertos en el corazón de su casa.














