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La flaquita empezó toda cortadita, como si no supiera de qué iba el asunto, con esa carita de inocente que al principio te engaña. Pero cuando le metieron la idea en la cabeza y sintió algo de calor en la entrepierna, se soltó como tigresa en celo. La chamaquita terminó más abierta que feria de pueblo, gimiendo como loca, pidiendo más y más. De estar esquivando el juego, pasó a agacharse en cuatro patas, con las nalgas al aire, recibiendo como si fuera premio. Todo empezó con un no, pero terminó en un sí tan fuerte que retumbó en la habitación como un trueno. Vaya transformación de la niña tímida a la trolita insaciable en cuestión de minutos. ¡Menuda sorpresa se llevó el fulano que la convenció!














