Cogiendo bien abierta de patas a una morra velludita caliente

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Estaba en la cocina, preparando la cena, cuando mi morra velludita entra con una mirada traviesa en sus ojos. Sus tetas pequeñas asomaban por el escote de su blusa ajustada, y con solo verla así, sentí cómo mi verga se endurecía al instante. Sabía que esa noche sería de sexo amateur intenso y sucio.

Sin mediar palabra, ella se acercó a mí, agarró mi pija por encima del pantalón y empezó a acariciarla con fuerza. La tomé de la cintura y la atraje hacia mí, besándola con deseo mientras nuestras lenguas se buscaban con ansias. El calor de su concha velludita estaba impregnado en su ropa interior, y no pude resistirme a bajarle las bragas y saborear su sexo húmedo y caliente.

Ella gemía de placer, pidiéndome que la cogiera bien abierta de patas. La recosté sobre la mesa, levanté su falda y me encontré con su concha peluda, lista para ser penetrada. Sin pensarlo dos veces, me arrodillé y empecé a lamer su flujo, disfrutando de su sabor salado y delicioso. Mi lengua exploraba cada pliegue, cada rincón de su intimidad, mientras ella se retorcía de placer.

Después de saborear su jugo, me pidió que la cogiera sin compasión. Sin decir una palabra más, saqué mi verga dura y apunté directamente a su entrada. Con un solo empujón, la penetré con fuerza, sintiendo cómo se estremecía y apretaba mi pija con fuerza. Los gemidos se mezclaban con el sonido de mis caderas chocando contra su culo, creando una sinfonía de sexo amateur y desenfrenado.

La imagen de ver a mi morra velludita caliente, con su pelo revuelto y sus pechos saltando al compás de mis embestidas, era un espectáculo digno de un porno casero. No podía contenerme más y aumenté el ritmo, follándola con toda la potencia de la que era capaz. Ella gritaba de placer, pidiendo más y más, mientras yo la complacía sin descanso.

El sudor empapaba nuestros cuerpos, haciendo que nuestras pieles se deslizaran con facilidad. Mis manos recorrían su espalda, agarrando sus nalgas con fuerza, marcando mis dedos en su piel suave y delicada. Cada embestida era más intensa que la anterior, y podía sentir cómo el orgasmo se acercaba rápidamente.

Ella se dio la vuelta, pidiéndome que la cogiera por detrás, en posición de perrito. Sin dudarlo, la penetré por detrás, sintiendo cómo mi verga se perdía en su interior, apretado y caliente. Sus gemidos se volvieron más fuertes, más desesperados, mientras yo embestía con fuerza, disfrutando del estrecho abrazo de su concha velludita alrededor de mi pija.

El sexo anal era inevitable, y sin pensarlo dos veces, le pedí que se preparara. Tomamos un poco de lubricante y con cuidado, fui introduciendo mi verga en su culo apretado y caliente. Su gemido de dolor se mezcló con el placer, y poco a poco fui aumentando el ritmo, cogiéndola con fuerza y determinación.

Los sonidos de nuestras carnes chocando resonaban en la habitación, mezclándose con nuestros gemidos y susurros obscenos. Estábamos en el clímax del placer, entregados por completo al sexo amateur y desenfrenado. La vista de ver a mi morra velludita caliente gozando como una puta me excitaba aún más, y no pude contenerme por mucho tiempo.

Con un último empujón, sentí cómo el orgasmo se apoderaba de mí. Mis embestidas se hicieron más intensas, más profundas, hasta que finalmente, con un gruñido gutural, me corrí dentro de su culo, llenándola de mi venida caliente y espesa. Ella, sintiendo cada chorro de semen, llegó también al clímax, temblando y gimiendo de placer.

Nos quedamos abrazados, recuperando el aliento, mientras el sudor seguía empapando nuestros cuerpos desnudos. El sexo anal había sido salvaje, desenfrenado, y ambos sabíamos que aún quedaban muchas noches de porno casero por disfrutar juntos. Con una sonrisa cómplice, nos miramos a los ojos y supimos que esa noche no sería la última de nuestras aventuras sexuales.

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