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La morrita está en su cuarto, con la falda del uniforme por la cintura y el chocho hecho un charco. El tipo, con la verga en la mano, está a punto de clavársela cuando ella lo frena con un susurro desesperado: «¡No te esperes, que van a venir mis papás!». El pánico se mezcla con el morbo, y eso la pone más cachonda. Le agarra la verga y se la guía ella misma, apuradísima. «¡Mete, mete, pendejo, rápido!», le sopla al oído. Cada embestida es contra reloj, un follaje salvaje y silencioso, ahogando los gemidos en un cojín. Se la pasa como un ladrón, con los oídos pegados a la puerta, dándolo todo hasta que él se corre dentro de ella y a ella le toca correr a limpiar el desastre.















