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La habitación de la colegiala huele a perfume de vainilla y a libros nuevos. Ella, con su uniforme todavía puesto, tiembla sobre su cama de soltería. Sus ojos, llenos de miedo y curiosidad, me miran mientras me desabrocho el pantalón. «Ten cuidado», susurra, su voz apenas un hilo. Me arrodillo entre sus piernas, que abrí con una ternura que contrasta con la ferocidad de mi deseo. Guío mi polla hacia la entrada de su panochita, un tesoro nunca tocado. Con una presión lenta y constante, rompo su barrera. Un grito ahogado, una lágrima. Soy el primero. La siento apretarme, un anillo de fuego y pureza. Empiezo a moverme, despacio, desvirgándola en su propio nido, convirtiendo su cama de inocente en el altar de su primera noche de pecado.















