La chavita se resiste a quitarse las bragas mientras la penetran por temor a que lleguen sus padres

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La chavita se retorcía de placer bajo el cuerpo sudoroso de su amante, sintiendo cómo la verga dura y palpitante se abría paso entre sus piernas. Estaba siendo penetrada con fuerza, sus gemidos llenaban la habitación mientras las manos del chico sujetaban su cintura con firmeza. Era una escena de sexo amateur en toda regla, una cogida salvaje entre dos jóvenes ansiosos de placer.

A pesar del éxtasis que recorría su cuerpo, la adolescente no podía quitarse de la cabeza la imagen de sus padres llegando de improvisto. Sabía que debía ser discreta, pero el deseo la consumía, haciendo que sus movimientos fueran cada vez más desesperados. Las bragas seguían en su lugar, una barrera entre la verga y su concha mojada que parecía resistirse a desaparecer.

El chico, sin embargo, no estaba dispuesto a detenerse. Sus embestidas eran más intensas, su respiración agitada mezclándose con los jadeos de la chavita. «¡Quítate las putas bragas, putita!», gruñó entre dientes, aumentando el ritmo de sus caderas y provocando gemidos aún más intensos de la colegiala.

La joven se mordía el labio inferior, sintiendo un torrente de placer recorrer su cuerpo a pesar del miedo que la invadía. Cada embestida era un torbellino de sensaciones, cada roce de la verga contra su sexo una descarga eléctrica que la llevaba al borde del abismo. Las palabras del chico resonaban en su mente, mezclándose con sus propios pensamientos lujuriosos.

«No puedo… mis padres…», balbuceó la chavita entre gemidos entrecortados, sintiendo cómo la verga la penetraba una y otra vez con una intensidad que la estaba volviendo loca. El chico, ajeno a sus preocupaciones, seguía culeándola con una determinación que la dejaba sin aliento.

La habitación olía a sexo y deseo, el sonido de sus cuerpos chocando resonaba en el aire cargado de tensión. La chavita se aferraba a las sábanas, arqueando la espalda y ofreciendo su cuerpo adolescente al placer desenfrenado que la consumía por dentro. Las bragas seguían en su lugar, testigos mudos de su resistencia.

El chico, notando la tensión en el cuerpo de la chica, se detuvo un instante y la miró fijamente a los ojos. «No te preocupes por tus putos padres, zorrita. Solo preocúpate de lo rico que te estoy cogiendo», susurró con voz ronca, antes de volver a embestirla con una fuerza que la hizo gritar de placer.

La colegiala se dejó llevar por la vorágine de sensaciones, abandonando cualquier atisbo de resistencia y entregándose por completo al sexo desenfrenado que la envolvía. Las bragas, por fin, cedieron ante la determinación del chico, deslizándose por sus muslos y revelando su sexo empapado de deseo.

La verga del chico entró con más facilidad en la concha ardiente de la chavita, encontrando un oasis de placer que la hizo gemir con mayor intensidad. Cada embestida era un martillazo de placer, cada roce un fuego que los consumía a ambos en una danza salvaje de pasión y lujuria desenfrenada.

Los gemidos se mezclaban con los susurros indecentes, los cuerpos sudorosos se fundían en un abrazo carnal que parecía no tener fin. La verga seguía penetrando a la chavita sin descanso, llevándola al límite de la razón y más allá, hacia un abismo de placer del que no quería regresar.

El chico, sintiendo que el éxtasis se acercaba, aumentó el ritmo de sus embestidas, culeando a la colegiala con una ferocidad que la hizo gritar de placer. La habitación se llenó de gemidos y jadeos, el sonido de la verga entrando y saliendo de la concha húmeda de la chavita era lo único que se escuchaba.

Y entonces, en un instante de éxtasis absoluto, la chavita sintió cómo el orgasmo la invadía por completo, haciéndola temblar de placer y soltar un grito ahogado. La verga del chico siguió culeándola con fuerza, empujándola una y otra vez hacia un abismo de placer insondable.

La colegiala se dejó caer exhausta sobre la cama, sintiendo cómo el sudor perlaba su piel y el alivio la invadía. La verga del chico seguía dentro de ella, latiendo con fuerza y deseo, como un recordatorio del increíble sexo amateur que acababan de compartir.

Los gemidos se desvanecieron, reemplazados por la respiración agitada de dos cuerpos saciados de placer. La chavita se estremeció al sentir un beso suave en la frente, levantando la mirada para encontrarse con la sonrisa pícara del chico. «Tus padres no saben lo que se pierden, nena», murmuró antes de besarla apasionadamente.

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