Me había encontrado a mi compa peda en una fiesta, tirado en el suelo con una botella vacía de whisky en la mano. No pude evitar sentirme excitado al verlo en ese estado, vulnerable y dispuesto a todo. Desde hace tiempo había deseado coger con él, así que lo llevé a mi casa con una excusa barata.
Una vez en mi habitación, le quité la camisa desgastada y empecé a mamarle las tetas sin piedad. Sus gemidos borrachos me incitaban a seguir, a hacerlo mío en ese momento. Notaba su verga endurecerse bajo el pantalón sucio y no pude resistirme a sacarla y comenzar a mamársela también.
-Te voy a coger como mereces, pedazo de pendejo –le dije con voz ronca mientras lo empujaba hacia la cama raída.
Él solo se dejaba llevar, completamente entregado al deseo y al alcohol que inundaba su cuerpo. No había límites en esa noche de sexo desenfrenado. Le quité los pantalones y empecé a meterle un dedo en la concha, sintiendo lo mojada que estaba por dentro.
-¡Más! ¡Quiero sentir tu pija dentro de mí! –gimió con desesperación, ansiosa de ser cogida como una puta.
No me hice rogar y sin más dilación, lo penetré con fuerza, sintiendo cada centímetro de mi verga abriéndose paso en su culo estrecho. Los gemidos se mezclaban con el sonido de nuestros cuerpos chocando en la cama, en una danza salvaje de placer y lujuria.
-¡Sí, dame más, dame duro! ¡Hazme tu puta colegiala xxx, quiero toda tu pija dentro de mí! –exigía entre jadeos y gemidos.
Culeando sin piedad, sin frenos, sin preocupaciones. Solo sexo, sudor y deseo. Sus manos agarraban las sábanas con fuerza, su espalda arqueada de placer mientras yo seguía embistiéndolo con furia, ansias de venida creciendo en mi entrepierna.
No pude contenerme más y con un último embate, me dejé ir en un orgasmo brutal, llenándolo con toda mi venida caliente. Sentí cómo su cuerpo se estremecía bajo el mío, su concha apretándose alrededor de mi pija en un espasmo de placer compartido.
Aun exhaustos, seguimos besándonos y acariciándonos, disfrutando de la cercanía y la intimidad después de haber compartido algo tan íntimo y salvaje. No importaba la crudeza de nuestra pasión, solo el momento presente, el calor de nuestros cuerpos desnudos entrelazados en la penumbra de la habitación.
-Eso estuvo jodidamente caliente, mi compa peda. Nunca pensé que cogeríamos con tanta intensidad –mencioné entre risas, aún sintiendo el eco del placer en mi cuerpo.
-Maldita sea, amigo, ha sido lo mejor que me ha pasado en mucho tiempo. Gracias por ser tan salvaje conmigo. Eres un verdadero rey de la cogida –respondió con una sonrisa pícara en los labios.
Y así, entre risas y confesiones de deseo, nos sumergimos en otra ronda de sexo desenfrenado, explorando nuevos límites y placeres prohibidos. El porno casero que estábamos creando superaba cualquier expectativa, cada gemido, cada palabra obscena, grabados en la memoria de aquel encuentro salvaje e inolvidable.
La noche se desvaneció en un torbellino de pasión y deseo, dejándonos exhaustos pero completamente satisfechos. No había arrepentimientos, solo ansias de más, de repetir una y otra vez esa locura desenfrenada que nos unía de forma tan visceral y pura.
Así, entre jadeos y susurros de placer, nos perdimos en un mundo de pecado y lujuria, donde solo existíamos él y yo, entregados por completo a la vorágine de la pasión desatada. Nuestros cuerpos desnudos se fundían en un baile eterno de sexo y deseo, en una danza sin fin de placer y éxtasis.















