Se le complica a la chavita flaquita y grita mucho

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La chavita flaquita estaba en aprietos. Mientras intentaba arreglar el lavarropas, se le enredó el cable en las piernas y cayó al suelo con un estruendoso golpe. Su camiseta corta se subió, dejando al descubierto sus tetas pequeñas y puntiagudas, cubiertas por un brasier rosa desgastado. El sudor resbalaba por su frente, mezclándose con el polvo del suelo sucio de la cochera. Con sus pantalones ajustados, se veía aún más delgada de lo que era. Frustrada, intentaba desenredarse cuando llegó su vecino, un hombre grande y fornido con una mirada lujuriosa.

– ¡Vaya, vaya, qué tenemos aquí! –exclamó el vecino, pasándose la mano por la entrepierna. –¿Necesitas ayuda, chavita? O mejor dicho, ¿necesitas una buena cogida para relajarte?

La chavita miró al vecino con sorpresa, notando cómo la verga parecía querer salirse del jean ajustado. Sin mediar palabra, el hombre musculoso se acercó y comenzó a tocar las tetas de la flaquita, apretándolas con fuerza. Ella gemía de dolor y placer, resistiéndose pero excitada por la situación.

– Cógete a esta putita flaquita, ¿no ves que te necesita? -dijo el vecino, arrancándole la camiseta y el brasier de un tirón brusco.

La chavita, ahora sin camisa, estaba expuesta completamente. Sus pezones rosados se endurecieron al contacto con el aire frío de la cochera. El vecino la agarró de la cintura y la empujó hacia el suelo, haciéndola quedar a cuatro patas con el culo en pompa.

– Toma, putita, chúpame la verga como si fuera tu chupetín favorito –ordenó el vecino, sacando su pija gruesa y erecta del pantalón.

La flaquita, resignada y excitada, tomó la verga en su boca y empezó a mamarla con ansias. Los ruidos de succión se mezclaban con los gemidos ahogados de la chavita. El vecino sujetaba su cabeza con fuerza, marcándole el ritmo de mamada.

– Eso, así, traga toda mi verga, putita, mézclala con tu saliva de zorra cachonda –gruñó el vecino, embistiendo la boca de la flaquita con violencia.

Después de un rato de mamadas viscerales, el vecino levantó a la chavita y la lanzó sobre la lavadora. La curvó sobre el electrodoméstico, dejando su culo redondo y firme expuesto ante él. Sin perder tiempo, el vecino bajó los pantalones de la flaquita y le arrancó la tanga, dejando al descubierto su concha húmeda y ansiosa.

– Voy a cogerte tan duro que no podrás gritar –anunció el vecino, apuntando su verga hacia la entrada de la concha de la flaquita.

Con un empuje brusco, el vecino penetró a la chavita, haciéndola gritar de dolor y placer al mismo tiempo. Los gemidos escapaban de su boca entreabierta, mientras el vecino culeaba con fuerza sin darle respiro.

– Sí, sí, cógeme, mándame toda tu pija, ¡quiero sentirte hasta el fondo! –gimoteaba la chavita, arqueando la espalda y apretando las sábanas con fuerza.

El sonido de la carne chocando resonaba en la cochera, mezclado con los gemidos y gritos de placer. El vecino embestía una y otra vez, sintiendo cómo la concha estrecha de la flaquita se contraía con cada envite.

– ¡Voy a llenarte de leche, putita! –anunció el vecino, acelerando sus embestidas hasta el límite.

Con un último empuje salvaje, el vecino se vino dentro de la flaquita, llenando su concha con chorros calientes de semen. La chavita temblaba de placer, sintiendo cómo el líquido caliente la inundaba por dentro.

Agotados y sudorosos, se dejaron caer en el suelo, respirando agitadamente. La chavita sonreía satisfecha, sintiéndose llena y utilizada. El vecino la miró con deseo, prometiendo volver por más en futuras «complicaciones» del lavarropas.

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