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La nena está perdida, tan enamorada que el tipo puede hacerle lo que se le ponga en sus ganas. La tumba en la cama, le abre las piernas y se la mete sin previo aviso, y ella solo suspira, como si fuera lo más natural del mundo. La pone en cuatro, le jala el pelo, la azota, y ella no se queja, al contrario, le pide más, lo anima con gemidos de perra sumisa. Deja que la llame su zorra, su perra, mientras él la usa para su placer, pasándola de una posición a otra sin descanso. Para ella, cada embestida es una prueba de amor, cada forma de humillación es un «te quiero». Se entrega por completo, un muñeco de carne dispuesto a todo con tal de no perderlo.














