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La morra calenturienta le para el carro al vato justo en el momento en que va a clavarle el fierro y le manda un «no no, espera… ponte el condón». La chamaquita sabe lo que se trae entre manos y no quiere sorpresas, así que exige protección porque no se anda con jueguitos. El man se sorprende, pero obedece sin chistar, sabiendo que es mejor prevenir que lamentar. Con el látex puesto, la zorrita se abre de piernas ansiosa por sentir la verga adentro y el vato no se hace del rogar. ¡Se arma el fiestón carnal con sabor a seguridad y placer!
una jovencita, de ojos suplicantes y cuerpo tenso, se recuesta en la cama, su respiración acelerada. Su novio, con una erección dura y lista, se posiciona entre sus piernas, su deseo palpable. Justo cuando está a punto de penetrarla, ella levanta una mano, deteniéndolo. «No, no espera… ponte el condón», susurra, su voz firme pero suave. Él, con una sonrisa comprensiva, asiente, tomando el condón de la mesita de noche. Con movimientos rápidos y hábiles, se lo pone, asegurándose de que esté bien colocado. Ella, con un suspiro de alivio, separa más las piernas, invitándolo a entrar. Con un gruñido, él se hunde en ella, sus embestidas rítmicas y profundas, mientras ella gime, sus manos agarrando sus hombros. «Así, amor, más», susurra, su voz llena de lujuria, mientras él acelera, su cuerpo tenso, respetando su deseo de seguridad, mientras ambos se abandonan al placer, sus cuerpos temblando en un clímax compartido, el sonido de sus gemidos llenando la habitación, la protección del condón añadiendo una capa de confianza a su unión.













